NACIMIENTO DE UN SUMISO PARTE 10

PARTE 10

“MARÍA Y EL AMOR”

Después de aquellas palabras sin rumbo fijo, en las que yo apenas podía vislumbrar qué quería decir exactamente María, me contó la historia de Andrés. Me dijo que ella y Paula, percibieron por vez primera, y sin necesidad de decirlo con palabras -la complicidad de miradas les bastaba- que Andrés se les acercaba cuando tendrían poco más de 11 o 12 años. Me aclaró que aquella primera vez no ocurrió nada, pero que ella sabía que algo se larvaba. No sabía decir exactamente qué era lo que hacía de Andrés un caso diferente. Por entonces, ya estaban acostumbradas a que, no solo los chicos de su edad, sino los hombres se les acercaran y las miraran con evidente deseo. Aseguró que eso le desagradó al principio, pero solo muy principio. Que enseguida descubrió no sólo que le gustaba sentirse admirada y deseada -motivo por el cual pronto dejó de dudar en mostrarse coqueta e insinuante, a la vez que desdeñosa. ¡Le encantaba la cara de susto y culpabilidad y, tal vez, de miedo, que ponían los hombres adultos cuando ella, de repente, cambiaba de actitud y se mostraba recatada!

No, no era sólo eso. Era más bien que enseguida tomó consciencia del poder sobre los chicos y los hombres que eso le confería. Empezó pronto a vestirse con falditas cortas y a utilizar tacón. Y por lo visto, su madre la regañaba cuando la veía que se vestía así para ir al cole o salir a la calle con Paula los días festivos. Pero ella ya había adquirido la terrible consciencia adolescente de que su madre poco podía hacer o decir, que no era más que una pobre mujer prematuramente envejecida, castigada por una vida de esfuerzos denodados y un marido borrachuzo, holgazán y, a veces, violento. Nada tenía que aprender de ella que no fuera que nada iba a ser para ella igual.

Algunas chicas de su clase también se encontraban en situaciones parecidas. Pero el caso es que no todas parecían interpretar igual que ella aquel escenario, es decir, no apreciaban como una oportunidad. No es que se lo dijera a sí misma con estas palabras. Era algo que simplemente sabía. Ella y Paula, y puede que alguna más. Pero ninguna como ella y Paula. Y, sobretodo, ninguna como ella.

Otra cosa sabía también. Y es que eso le gustaba. Así que bien pronto aprendió cómo conseguir que los chicos se acercaran sin poder remediar el revelar en sus rostros primarios el deseo incontinente que sentían hacia ella. Pronto aprendió a manejarlos. Aprendió a hacer que estuvieran atentos a sus movimientos, idas, venidas, filtreos, huidas… y bien pronto a algunos caprichitos menores.

No puedo detenerme ahora en los detalles de esa escalda en su consciencia de poder, solo puedo decir que fueron habituales los encargos de hacerle los deberes, el provocar riñas y peleas entre los chiquillos para largarse después en la moto de algún chico mayor… y cosas por el estilo. De entre todas, esa tarde destacó el cambio que supuso cuando vio involucrados en ese afán a algunos adultos. Por ejemplo, el darse cuenta que algún que otro profesor se le acercaba inusitadamente al corregirle los cuadernos (pero de eso les hablaré más adelante). Sin embargo, ninguno caso parece haberle quedado tan nítidamente en la consciencia como lo sucedido con Andrés. Allí se produjo un clic, un giro. Y fue muy anterior a todos los capítulos mencionados. Solo admitió un precedente -bueno, no sé si fue antes o después, pero lo vinculó a lo que experimentó con el muchacho-. Se trataba de la ocasión en que consiguió convencer a todos los muchachos de su clase para que le hicieran el vacío -así lo dijo- a una niña que le resultaba especialmente antipática.

Lo cierto es que algunas de las cosas que me explicó tiempo después me parecieron más significativas. Pensé de entrada que aquello a lo que ella daba tanta importancia no eran otra cosa que chiquilladas relativamente frecuentes entre los colegiales. Pero es cierto que había algo en común entre las dos historias que las hacía algo diferentes del resto. Puede que muy diferentes. La niña en cuestión no era, contra lo que tal vez hayan podido imaginar, una competencia para ella. No era una rival en el liderazgo que ejercía sobre el alumnado de su clase y, aun, del colegio. Así que nada aparente tenía que ganar con aquella jugada. No era un reto, no le servía para proclamar su supremacía escolar. Aparentemente nada aportaba a su gloria, no era una victoria, ni siquiera menor. “Ester” se llamaba, me dijo con el rostro concentrado, como afligido por el recuerdo de aquel nombre. “Ester a secas, sin hache ni nada, Estercita. Era una niña fea, la fea de la clase. Vivía en el mismo barrio que yo, un barrio humilde, o puede que más que humilde. Era tímida y retraída. Ninguna gracia la abalaba, a la pobre, y yo decidí hacerle pagar por lo que era”. Me dijo que le costaba mencionar su motivación, pero que fue un acto gratuito, innecesario, y por eso mismo, un acto de crueldad. Hasta que ella se decidió a poner a todos en contra suya, “pues la verdad que no le hacía nadie mucho caso, pero tampoco la molestaban”. Por lo visto, el acoso, las burlas, el volverse de espaldas cuando ella aparecía no fue cuestión de días. Prolongó la situación durante semanas. “Te juro que podía ver en el rostro de esa niña el dolor que le causaba. Podía percibir como empequeñecía cada vez. Era como si en lugar de crecer, menguara. En las miradas que pocas veces se atrevía a dirigirme -en algunas pocas ocasiones la atrapé con la mirada fija en mí y después se asustaba cuando se daba cuenta de que le devolvía la mirada- había miedo, odio, respeto, desconcierto y admiración. Todo juntito y mezclado. Mira, sé que estoy exagerando, o puede que no tanto, pero es como si las dos supiéramos que su vida colgaba de un hilo y ese hilo pendiera de mí. Yo podía hacer que siguiera menguando y menguando hasta finalmente desaparecer. A mí lado, se sabía una luciérnaga insignificante, un bichito vivo capaz de dar una poca luz y que volaba dando tumbos en la oscuridad de una noche que yo extendía como un manto sobre ella. Una poquita de luz que yo podía apagar con un soplido descuidado”.

Yo me había quedado como hipnotizado por su relato. Aquí se detuvo, guardó unos instantes de silencio y se sumió en una reflexión callada. Cuando volvió hablar fue como si quisiera traducirme lo que había estado pensando. Quiso aclararme -que de eso se daba cuenta ahora- que solo dos aspectos la detuvieron y la llevaron levantar la orden de caza. Dijo que experimentó cierto vértigo ante su propio poder sobre la chiquilla, pero que eso no hubiera sido suficiente, porque también contribuya a aumentar el placer que sentía con aquello. Así que en el fondo una sola cosa le desagradaba. Ester era una chica. La verdad, me dijo, es que después he gozado mucho haciendo con las chicas lo que me daba en gana. Pero una cosa no quita la otra. Era una chica y eso suponía para mí -no sé por qué- cierto límite que no deseaba cruzar.

Me explicó que decidió detenerse cuando Paula le informó que Ester había pedido hablar con ella. Es posible que hubiera pasado más de un mes. Un mes para encontrar el coraje para aquello que fuera que quería decirle. La citó a la salida de la escuela, en un callejón pequeñito y oscuro que corre paralelo a la fachada del edificio. Era otoño y ya oscurecía cuando llegó acompañada de Paula. Ester ya estaba ahí, en medio de la callejuela en sombras. Se dirigieron hacia ella y se pararon a unos escasos metros. Los ojitos de Ester se cerraron -la luz se extinguía, me dijo-, encorvó los hombres haciendo más ridícula su extrema delgadez y agachó la cabeza. María fue a sentarse en el rellano de una ventana baja que daba a la calle flanqueada por Paula -a la que oía respirar con cierta ansiedad- y con las piernas cruzadas colgando y mirando a aquel desecho de chica. “¿Qué es lo que querías decirme?”. No obtuvo respuesta. La chica simplemente dio unos pasos en su dirección y al llegar a la altura de María, a la altura de sus rodillas, se reclinó para abrazarse a sus piernas tímidamente pero con convicción. Reposó la cabeza en sus muslos como una niña pequeña  buscando refugio en el regazo de mamá y la besó justo por encima de la rodilla. Se quedó ahí, abrazada varios segundos, quizás unos minutos escasos. El tiempo suficiente para entregarle su amor silencioso, sin asomo de resquemor ni queja. “¿Sabes que pienso que eres una bichita asquerosa y maloliente?”. La niña abrió la boca por primera vez únicamente para contestar que sí, sí lo sabía.

En ese momento, yo no puede hacer otra cosa. Simplemente, desde el suelo, a los pies del sofá me abracé con fuerza a sus piernas con la mejilla pegada a sus muslos. Mientras me acariciaba el pelo me dijo: “Pero con Andrés fue diferente. El también me amó, pero fue diferente”.

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